miércoles, 27 de abril de 2011

Y es que no se trata de éso.

La pantalla está vacía. Y procedo a llenarla con una analogía predecible sobre qué tan vacía está mi vida; tratando de moverme en medio de aguas calmadas que me bañan, como una lluvia que desciende sobre el teclado. La naturaleza misma, que escribe a través de mis venas cercenadas. Como dice la frase: Hay tanta belleza en el mundo, que no sé si podré soportarla.


Y la vi allí, sentada, fuerte, tan humana, tan viva, tan muerta; como cualquier otra. Tan bella como un fénix que renace por quinta vez, como el verde del moho que crece detrás de las paredes. Casi puedo sentir sus células respirar desde donde está, ansiosas, desesperadas, muriendo vertiginosamente. Como las estrellas que se fulminan a medida que se fuma esos mentolados.


Verla fumar es como quedarme atorado en las vías del tren. No sé que será de mi si sigo estupefacto ante la columna de humo que se acerca. Es enfrentar a un tornado con tan sólo unos pantalones azules y una camisa negra. Se siente tan cálido, tan agresivo y repentino como si la muerte viniese a tocar la puerta, pero del vecino.


Un pasajero, éso soy, en un viaje de soya y vegetales mal preparados. Escondido detrás de sus arranques paranoicos, alimentado de su faceta de madre. Prefiero vestirme de sombra y pasearme por sus ojos, ser fugaz como la niebla de la noche, que nadie mira, pero que jugando a ser piedra se mueve hasta que llega su partida. Rebotar en la saliva de sus parpados y hacerla dormir a mi lado.


Debo decirle que no se trata ni de ti, ni de mi. Es sobre estrellas que se alinean, sobre cabellos perdidos en el viento, sobre moscas que se estrellan en vidrios de automóviles, sobre ondas invisibles que se pierden en el aire y llegan a mi. Sobre el sonido que hace mi boca al decirle: hola; sobre lo absurdo del sentir. Es quizá, sobre lo simple del rechazo y lo fortuito de los eventos.


El aire que respira, la marea que altera. Lo improbable que soy, lo irreal que es. La verdad y la mentira confluyendo en el parque del dolor. Infamias astutas escapándose en mi cabeza, la poderosa descarga de sentimientos que es verla a los ojos directamente, entregándole mi corazón en silencio, descubriendo mi estupidez cuando frunce el ceño.


Sobre una desconocida o sobre mi. Garantizo, juro y afirmo que es mucho más que éso.