Además de editor y autor de este blog también soy un ciudadano. Por ende me preocupo por todas las problemáticas que enfrenta la sociedad en la que vivo. Ésta preocupación, que se ha venido alimentando y tomando consciencia gracias a los años que llevo estudiando comunicación social en la Universidad de Cartagena, es la que hoy me motiva a exponer mi pensamiento (y el de algunos compañeros) con respecto a la agenda social no sólo de la ciudad de Cartagena, sino también de Colombia.
Pese a que siempre he dicho que: uno nunca sabe sobre qué escribir hasta que empieza a hacerlo; como si escribir fuera un ejercicio al azar producto de la iluminación celestial, esta vez me siento en frente de la pantalla para compartir las ideas y reflexiones de mis compañeros de aula y mías. Los dos compañeros que se han sumado a este llamado son Diana Janacet Vélez y Julio Morelos Nassi; sus textos: Movilidad y Por una verdadera democracia, son los que recogen, a través de su pluma, la visión que tenemos los jóvenes sobre (como ya podrán intuir) estas dos temáticas.
Evitando perder la elocuencia y abreviando esta introducción, dejo en ante sus ojos estos textos y en ustedes la posibilidad de reflexionar:
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Por una verdadera democracia.
Por: Julio Morelos N. - Abogado, estudiante de Comunicación Social
Observo con gran preocupación la forma como se han degenerado los procesos electorales en el estado colombiano. Presento tal inconformidad, fundado en las circunstancias vividas en las pasadas jornadas democráticas de cara a la conformación de los concejos, asambleas, alcaldías y gobernaciones en el país, y en este punto, aclaro que de nuevos no tienen nada, pues una vez más concluí, que tan magna eventualidad en las ciudades y departamentos encaja perfectamente en la estructura de un mercado persa; no solo por la agonía y el caos que genera la acción de trasladarse a los sitios de votación, sino por las descaradas dinámicas de compra y venta de conciencias por parte de aspirantes y líderes cívicos.
Frente a lo anterior, me permito trasladarlos al contexto de la antigua republica de roma, para citar en específico las acciones tendientes al otorgamiento del título nobiliario de: “padre de la patria”; en esencia, esta condecoración oficial, le era entregada a aquellas personas que a lo largo de su trayectoria en el manejo y administración de la cosa pública jamás reportaron faltas de tipo moral ni mucho menos delictivo.
El dato histórico genera en mi pensamiento la necesidad de hacer la siguiente pregunta: ¿Será que quienes se hacen llamar de esta forma en nuestra querida patria, integran los requisitos para hacerlos merecedores de tan alta denominación? Por supuesto que no, y no es un simple capricho del suscrito afirmar con vehemencia esta opinión, puesto que, si nos dedicamos a analizar la manera cómo se han desarrollado dichas jornadas desde hace 15 años hasta la fecha, no resulta descabellado sintonizar con mis líneas, pues la trashumancia, el clientelismo y la corrupción reportan primavera en dichos debates.
Ahora bien, tenemos claro que dentro del abanico de posibilidades que oferta cada proceso electoral, siempre estará inmerso algún pícaro que considera al erario público como una piñata de fiesta infantil a la que hay que tirársele sin piedad ni pudor, hasta conseguir de dejarla vacía. Frente a esto, solo queda apropiarnos de uno de los más grandes postulados de la obra del filosofo alemán Emmanuel Kant, el cual dice: “solamente el ser humano en su estado maduro podrá tener participación en política”. Kant, no se está refiriendo a la madurez física que es consecuencia del transcurrir del tiempo, sino a la madures racional producto de un sensato proceso académico en el que la persona pueda hacer uso de su intelectualidad frente a los cambios de la vida, máximo si se tiene en cuenta que el concepto de madurez para Kant, estaba profundamente ligado a otros dos, que son: la libertad de acción y la autonomía de juicio.
Para estos tiempos no se esperan elecciones, sin embargo, me permito rematar, exhortando al pueblo de Colombia a que comparemos los idearios que proponen los aspirantes a las distintas magistraturas del país, y de este modo, saquemos las conclusiones que nos permitan establecer cuáles deben ser las políticas que se deben implementar.
Con mucha humildad, sugiero una: educación humanística.
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Movilidad
Por: Diana Janacet Vélez - Estudiante de Comunicación Social
Durante los primeros tres meses del año, las ventas de vehículos en Colombia pasaron de 100.000 unidades, nunca antes alcanzadas en el país. El número de automóviles vendidos entre el enero y marzo de 2012 aumentó en un 52% en comparación con el mismo período de 2011.
“Econometría” estima que a finales del año, el número global de carros vendidos en Colombia llegará a 290.000. Lo anterior es señal de buen comportamiento de la economía pero también plantea un desafío enorme a la movilidad en las principales ciudades colombianas. Los trancones se han convertido en una amenaza para la calidad de vida de los colombianos que residen en las urbes. ¿Qué hacer frente a este problema creciente?
Debemos empezar por reconocer que la solución no está sólo en la construcción de nuevas vías, ni en la ampliación de las ya existentes. El mejoramiento de la malla vial podrá aliviar el problema, pero sólo durante el tiempo que le tome a los automóviles llenar los nuevos espacios construidos. Tampoco el “pico y placa” es una solución a largo plazo, porque este tipo de restricciones al uso del carro no mejora la infraestructura del transporte y sí incentiva a las familias a comprar un segundo y tercer vehículo, sobre todo cuando la medida coincide con el aumento de créditos para automóviles.
Edward Glauser (gurú de los centros urbanos), sostiene que a la gente debe permitírsele utilizar el carro pero también se le debe cobrar por ejercer esa opción. Es inevitable que los propietarios de vehículos tengan que pagar por el uso de las vías, dinero que serviría para la construcción y mantenimiento de la infraestructura vial. Si el problema del tráfico vehicular se agudiza, no debe descartarse la instalación de peajes dentro de las ciudades, cuyo recaudo podría destinarse a la financiación de autopistas por concesión que agilicen el flujo vehicular y mejoren la movilidad. Así como también es posible que los usuarios de los carros deban asumir los daños ambientales que sus automóviles generan, pues no es de extrañar que en un futuro deban pagar una tasa retributiva por la emisión de gases contaminantes del medio ambiente.
Los propietarios, al pagar por el deterioro de las vías y por la polución causada asumen los efectos perjudiciales que generan con sus máquinas: internalizan los costos directos e indirectos que tiene su medio de transporte. Sin embargo, encarecer el uso del carro sólo tiene sentido si se fortalecen los sistemas públicos de transporte. Para ello deben terminarse e implementarse los buses articulados tipo “Transcaribe”, promover ferrocarriles que conecten los centros urbanos, construir ciclorrutas y explorar la posibilidad de líneas de metro en las principales ciudades.
Otra medida ingeniosa es que los planes de ordenamiento territorial (POT) incentiven áreas en las que confluyan sitios de vivienda, trabajo y placer, que permitan a los ciudadanos cambiar de actividad caminando o andando en bicicleta, sin que se vean obligados a recorridos extensos en su carro particular.
Sorprende que la movilidad esté ausente del debate electoral cuando los ciudadanos cada vez emplean mayor tiempo transportándose, en detrimento de su calidad de vida y la de sus familias.