La pantalla está vacía. Y procedo a llenarla con una analogía predecible sobre qué tan vacía está mi vida; tratando de moverme en medio de aguas calmadas que me bañan, como una lluvia que desciende sobre el teclado. La naturaleza misma, que escribe a través de mis venas cercenadas. Como dice la frase: Hay tanta belleza en el mundo, que no sé si podré soportarla.
Y la vi allí, sentada, fuerte, tan humana, tan viva, tan muerta; como cualquier otra. Tan bella como un fénix que renace por quinta vez, como el verde del moho que crece detrás de las paredes. Casi puedo sentir sus células respirar desde donde está, ansiosas, desesperadas, muriendo vertiginosamente. Como las estrellas que se fulminan a medida que se fuma esos mentolados.
Verla fumar es como quedarme atorado en las vías del tren. No sé que será de mi si sigo estupefacto ante la columna de humo que se acerca. Es enfrentar a un tornado con tan sólo unos pantalones azules y una camisa negra. Se siente tan cálido, tan agresivo y repentino como si la muerte viniese a tocar la puerta, pero del vecino.
Un pasajero, éso soy, en un viaje de soya y vegetales mal preparados. Escondido detrás de sus arranques paranoicos, alimentado de su faceta de madre. Prefiero vestirme de sombra y pasearme por sus ojos, ser fugaz como la niebla de la noche, que nadie mira, pero que jugando a ser piedra se mueve hasta que llega su partida. Rebotar en la saliva de sus parpados y hacerla dormir a mi lado.
Debo decirle que no se trata ni de ti, ni de mi. Es sobre estrellas que se alinean, sobre cabellos perdidos en el viento, sobre moscas que se estrellan en vidrios de automóviles, sobre ondas invisibles que se pierden en el aire y llegan a mi. Sobre el sonido que hace mi boca al decirle: hola; sobre lo absurdo del sentir. Es quizá, sobre lo simple del rechazo y lo fortuito de los eventos.
El aire que respira, la marea que altera. Lo improbable que soy, lo irreal que es. La verdad y la mentira confluyendo en el parque del dolor. Infamias astutas escapándose en mi cabeza, la poderosa descarga de sentimientos que es verla a los ojos directamente, entregándole mi corazón en silencio, descubriendo mi estupidez cuando frunce el ceño.
Sobre una desconocida o sobre mi. Garantizo, juro y afirmo que es mucho más que éso.
miércoles, 27 de abril de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
Transito calles atestadas, el retrato de mis otros yo.
¿Realmente quiero hacer esto por el resto de mi vida? Despertar en techos extraños, mirando fijamente las paredes sin color, sintiéndome desconocido en mí mismo. ¿Será así por siempre? Divagando inútil ante rostros extraños y nombres sencillos de olvidar, siendo quienquiera, pensando como cualquiera.
Juntando palabras en un beso, sonriendo ante chistes sin gracia; obstáculo difícil de superar cuando eres un fantasma, cuando lo que dices en el fondo no tiene sentido, cuando mientes con la verdad. No me desespera el tiempo, por éso arranqué la pantalla de mi reloj, pero es inevitable sentir como se pasea por mi cuerpo, dejando marcas, escribiendo con sus garras sobre mi piel tostada.
Transito calles atestadas, por donde el sol no puede colarse y las otras personas son como árboles que no me dejan ver la luz. Con mi mirada juego a ser pájaro que escapa enjaulado, que se impulsa sobre el cemento, el vidrio y el frío metal; sólo para aterrizar en tu hombro y pretender que escarbo tu mente y tus neuronas rellenas de sentimientos son mi comida. Nunca antes había estado tan extasiado con la idea de posarme sobre ti.
Todos los días pretendiendo, todos los días asimilando, todos los días mimetizandome en el oscuro de tus ojos; a veces me canso, pero recuerdo que los sueños pueden tardar un poco en cumplirse y trato de tranquilizarme en el solo de bajo que tocas para mi. Estás ahí, donde están todos, siendo todas.
Hoy más que nunca quiero ser estroboscópico, capturarte en medio de tus rápidos movimientos, como la fotografía de un sentimiento, como el dibujo de un asesinato, como la pintura de una prostituta. Que seas, que pienses, que te preguntes, si quieres jugar este juego conmigo por el resto de nuestras vidas.
Juntando palabras en un beso, sonriendo ante chistes sin gracia; obstáculo difícil de superar cuando eres un fantasma, cuando lo que dices en el fondo no tiene sentido, cuando mientes con la verdad. No me desespera el tiempo, por éso arranqué la pantalla de mi reloj, pero es inevitable sentir como se pasea por mi cuerpo, dejando marcas, escribiendo con sus garras sobre mi piel tostada.
Transito calles atestadas, por donde el sol no puede colarse y las otras personas son como árboles que no me dejan ver la luz. Con mi mirada juego a ser pájaro que escapa enjaulado, que se impulsa sobre el cemento, el vidrio y el frío metal; sólo para aterrizar en tu hombro y pretender que escarbo tu mente y tus neuronas rellenas de sentimientos son mi comida. Nunca antes había estado tan extasiado con la idea de posarme sobre ti.
Todos los días pretendiendo, todos los días asimilando, todos los días mimetizandome en el oscuro de tus ojos; a veces me canso, pero recuerdo que los sueños pueden tardar un poco en cumplirse y trato de tranquilizarme en el solo de bajo que tocas para mi. Estás ahí, donde están todos, siendo todas.
Hoy más que nunca quiero ser estroboscópico, capturarte en medio de tus rápidos movimientos, como la fotografía de un sentimiento, como el dibujo de un asesinato, como la pintura de una prostituta. Que seas, que pienses, que te preguntes, si quieres jugar este juego conmigo por el resto de nuestras vidas.
domingo, 3 de abril de 2011
Esto es un título.
Domingo por la noche. Siento como si hubiese trascurrido mucho tiempo desde que le dije a mi mamá: Son las ocho P.M. Es tal vez porque mi vida corre a la velocidad que lo hace mi Internet; es triste, sin embargo no sé qué me complace menos, el que mi vida se condicione a lo digital o que mi red no vaya más rápido.
Me siento como Gregorio Samsa, me preocupa más mi productividad que mi mera forma humana. Atrapado en Bits y en octetos, trato de convertir mi vida en ondas inalámbricas. Nunca escribí mucho, quizá porque siempre tengo poco que decir. Porque siempre he estado enjaulado dentro del conocimiento auto actualizable.
No entiendo cómo encerramos nuestra libertad en ciento cuarenta caracteres, o menos. Mis manos sobre el teclado me advierten que en la medida que presiono estas teclas, pedazos de mi se desprenden y pasan a alimentar mentes, odios, amores o pasiones. ¿Es acaso la vida que nos merecemos?
Música simple que entra en mis oídos y sale por mis manos. En éso se ha convertido la inspiración para mi, en imágenes mentales que no puedo completar. Alcanzando mi límite, envenenado con luces parpadeantes, con sonidos fuertes, con sabores imaginarios y mentes vacías; ¿Por qué pretendo extasiarme con esto?
Hace tiempo ya dejé de caminar, mis ojos siempre viajaban más rápido que mis piernas. Ha pasado tiempo desde que dejé de pensar, mi cerebro permanece estático, reflexivo mas no pensativo, incapaz de movilizar pensamientos. Saturado de basura. ¿Hace cuánto silenciamos los latidos de nuestros corazones con el retumbar de percusiones inexistentes?
Yo aún recuerdo la época sagrada. Recuerdo la brisa, los árboles y los juegos; recuerdo la paz, el amor y la rabia. Pero pese a que recuerdo claramente qué era el sentir y pensar por mi mismo. Aún no puedo recordar en qué momento le puse tamaño a mi libertad, en qué punto pensé que mi vida podía caber en un disco duro, o en un celular.
Quizá algún día, cuando sea más sabio, cuando esté más saturado de cosas que nunca quise saber. Cuando mi tiempo libre se haya acabado, lo recuerde. Ése día abandonaré mi humanidad fría y llena de estática. Naceré una vez más, esta vez para siempre.
Me siento como Gregorio Samsa, me preocupa más mi productividad que mi mera forma humana. Atrapado en Bits y en octetos, trato de convertir mi vida en ondas inalámbricas. Nunca escribí mucho, quizá porque siempre tengo poco que decir. Porque siempre he estado enjaulado dentro del conocimiento auto actualizable.
No entiendo cómo encerramos nuestra libertad en ciento cuarenta caracteres, o menos. Mis manos sobre el teclado me advierten que en la medida que presiono estas teclas, pedazos de mi se desprenden y pasan a alimentar mentes, odios, amores o pasiones. ¿Es acaso la vida que nos merecemos?
Música simple que entra en mis oídos y sale por mis manos. En éso se ha convertido la inspiración para mi, en imágenes mentales que no puedo completar. Alcanzando mi límite, envenenado con luces parpadeantes, con sonidos fuertes, con sabores imaginarios y mentes vacías; ¿Por qué pretendo extasiarme con esto?
Hace tiempo ya dejé de caminar, mis ojos siempre viajaban más rápido que mis piernas. Ha pasado tiempo desde que dejé de pensar, mi cerebro permanece estático, reflexivo mas no pensativo, incapaz de movilizar pensamientos. Saturado de basura. ¿Hace cuánto silenciamos los latidos de nuestros corazones con el retumbar de percusiones inexistentes?
Yo aún recuerdo la época sagrada. Recuerdo la brisa, los árboles y los juegos; recuerdo la paz, el amor y la rabia. Pero pese a que recuerdo claramente qué era el sentir y pensar por mi mismo. Aún no puedo recordar en qué momento le puse tamaño a mi libertad, en qué punto pensé que mi vida podía caber en un disco duro, o en un celular.
Quizá algún día, cuando sea más sabio, cuando esté más saturado de cosas que nunca quise saber. Cuando mi tiempo libre se haya acabado, lo recuerde. Ése día abandonaré mi humanidad fría y llena de estática. Naceré una vez más, esta vez para siempre.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)