Mañanas en las que en el techo aterrizan todos las tormentas, acariciando mis penas, inmolándose, gota a gota; recordándome las penurias de la condición humana. Mañanas en las que el café me da sueño y los buenos días no saben tan bien. Mañanas en las que todas las nubes cercan al sol, aprisionándole evitan que presencie lo que está ocasionando. De amaneceres a medios días, tratan de sobrevivir los latidos de mi corazón de papel reciclado.
Existen tardes cálidas en las que mis tenis no son tan cómodos. Tardes en las que mis cristalizados ojos, se convierten en el periscopio de mi acorazada existencia. Tardes en las que el té es sólo una mezcla amarga de agua y alguna hierba extraña y shamanica; cúspides con decesos, esas son las tardes. Tardes de Shirley Bassey y Ela fitzgelard. De esas tardes que desean ser noches de vodka.
Noches en las que las estrellas se ocultan detrás de los faros. Noches en las que la luna quiere brillar por sí misma, un inútil intento por llamar la atención. Noches en las que mis palabras son corrientes de aire frío por la espalda. Noches que confunden Reeperbahn con Traflagar Square. Noches que no despertarán en la madrugada para fumar el último cigarrillo de la caja. Noches que no morirán siendo mañanas, que nunca dejarán de ser madrugadas repentinas.
Hay días que nunca dejarán de ser nefastos. Días en los que el camino no se ve tan claro y los sueños aparentan ser lejanos. Días en los que las melodías no pueden arrastrarte más allá de tus narices, días que se contradicen a sí mismos convirtiéndose en noches. Días que no se olvidan, que son como las alegrías, efímeros pero memorables. Días que son la vida misma.