No tengo papel o lápiz. Sólo un marcador deleble y una pared blanca recién pintada. Mientras miro mi sombra pintarse en el muro pienso. Mientras mi puño sujeta el marcador, mientras más me acerco al muro con la punta en alto y mis nudillos tiemblan por la presión que ejerzo, pienso.
No sé qué putas escribir. Tantas cosas se pasan por mi mente, cosas frívolas, cosas vacías, cosas con una vida. Con la cabeza en pegada en la pintura, con el sudor recorriendo mi frente, pienso en pixeles desnudos y en humos que se vuelven cenizas. Hay veces en las que algo quiere salir, pero no sé bien qué es.
Colores, cientos de colores. Pero esta noche tenía que ser sepia, veo la luz que me arropa desde atrás, me da calor; me calcina cuando me apunta con su dedo indice a la nuca. ¿Por qué para estar bien debo ser frío? Miro el techo y veo como cada partícula de polvo se impregna en mi piel. Cada una de ellas como kamikazes caen sobre mis hombros. Nunca antes las había sentido tan pesadas.
Regalo sonrisas falsas todos los días. Carcajadas fingidas, palabras huecas; hoy tengo que pagar con la mirada al piso toda ésa hipocresía. ¿Desde cuando dejó de ser gratis? ¿Desde cuando una sonrisa que no sientes, una risa apenada, un saludo mecánico cobraron valor? Tonos azules y aire pálido entran en mis oídos y pulmones. Aire que no quiere salir, tono que se volvió ritmo. Nada que se volvió vida.
Mirando lentamente. Acercándome rápidamente. Viviendo en un ritmo hipnótico e infinito; lo encuentro satisfactorio, lo encuentro aburrido, es motivo de regocijo, es la vida misma. Ni negra ni blanca, ni ella ni él, ni todo o nada. Sólo yo, un éso; que camina, respira, que suele pensar, que suele divagar.
Hoy tengo ganas de no volver a escribir.